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    åÌÑì www.imtidad.com Martes 07 Febrero 2012
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Biografia Profeta


HISTORIA DEL ISLAM (TÂRÎJ AL-ISLÂM)

Es imprescindible que todo el que se inicie en el estudio de la lengua árabe (al-luga al-‘arabía) adquiera conocimientos (ma‘lûmât), aunque sean rudimentarios, sobre historia del Islam (târîj al-islâm) y literatura árabe (al-ádab al-‘arabí). Hay otros muchos temas de cultura (zaqâfa) sobre los que se debería leer, pero los reservaremos para más adelante. En este primer curso básico nos contentaremos con que se adquieran nociones generales sobre historia y literatura, que deben aprovecharse para incrementar el vocabulario.

Además de ofrecer al estudiante (tâlib) datos elementales e importantes, estas secciones son complementos ideales para las clases de lengua, y se dan al final de cada sesión, relajando los últimos minutos de estudio. Con ello pretendemos que las clases que se imparten en la Madrasa de la Yamâ‘a Islámica de al-Ándalus ofrezcan a los andaluces un panorama suficiente sobre cultura islámica, y que además sean clases amenas. En esta sección de zawiya.org proporcionaremos a nuestros visitantes los apuntes y borradores sobre historia y literatura.



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El origen y desarrollo del Islam tiene la apariencia de un prodigio. Un pueblo hasta entonces casi desconocido se había unificado bajo el impulso de un hombre único, Muhammad (s.a.s.), que comunicó un Mensaje que trastocó el mundo. En pocos años, el Islam se extendería por todo lo que antes era el Imperio de los persas sasánidas así como todas las provincias asiáticas y africanas del Imperio bizantino. A todo oriente se añadió pronto al-Ándalus, Sicilia y, temporalmente, otros territorios europeos; y se sumó gran parte de la India, y el Islam alcanzó las fronteras de China y, con el tiempo, penetró profundamente en ella. El Islam avanzó por Asia y llegó a Indonesia, a Malasia,... En África atravesó la barrera del Sáhara y penetró en el Sudán, la tierra de los negros... La civilización que se iba fraguando en esta extraordinaria expansión del espíritu islámico figura entre las más brillantes de la humanidad, y el Islam fue un crisol único en el que fueron posible la recuperación de saberes olvidados, el encuentro entre pueblos, el intercambio, la tolerancia,...

No obstante, se debe prevenir al estudiante de que, hoy por hoy, no existe una visión exacta de lo que ha sido la historia musulmana. Por muchas causas, los estudios sobre el Islam casi siempre han tenido lugar en medio de circunstancias difíciles y extrañas. No pretendemos, en estos apuntes, más que ofreceros una panorámica general de lo que una persona culta en la actualidad ‘debe’ saber acerca del Islam, esperando que surja en vosotros un interés que se cuestione muchas cosas y os pongáis a ‘investigar’ de verdad. In shâ Allah.



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1. LA YÂHILÍA



La historia del Islam comienza en los siglos VI y VII de la era cristiana. Nace en Arabia (al-ÿaçîra al-‘arabía), península desértica en la que se instalaron los árabes (‘árab), pueblo de origen semita, al menos mil quinientos años antes.

Cuando se relata la historia del Islam se empieza siempre con una descripción de la Arabia pre-islámica (época que se conoce bajo el nombre de Yâhilía). Esa época pre-islámica, o Yâhilía, es considerada la Edad de Oro del ‘arabismo’ (‘urûba): es la época en que quedaron fijados una serie de ideales y de virtudes que el Islam ensalzaría y universalizaría. También fue época de barbarie (ÿâhilía significa literalmente tiempo de ignorancia): había costumbres y creencias que el Islam combatiría.

La mayoría de la población era nómada (beduinos, o bádu plural de bádawi, palabra que deriva de bâdia, desierto), pero había una minoría sedentarizada que se dedicaba a una modesta agricultura o al comercio en algunos lugares privilegiados (Meca, Yázrib, Tâif, poblaciones situadas en la región a la que se llama al-Hiÿâç, en la costa del Mar Rojo).

Los beduinos estaban organizados en tribus y no aceptaban más autoridad que el arbitraje moral de un anciano (sháij, palabra que ha dado en castellano jeque). La falta de cohesión política era compensada por una gran solidaridad tribal (la ‘asabía). Eran frecuentes las guerras entre grupos por motivos de venganza.

A pesar de la dispersión, existía un vago sentimiento de unidad árabe materializada en la existencia de una lengua poética común. Los poetas, de los que quizá Imru l-Qáis fuera el más importante, cantaban las hazañas de los hombres del desierto y los grandes días de los árabes (los ayyâm al- ‘árab, especie de crónicas épicas).

Al sur, en el Yémen, y al norte (los gassâníes y los lajmíes), algunos pequeños emiratos habían conseguido consolidarse. El reino de Kinda, en la misma Arabia, es el ejemplo de una excepción: nunca las tribus del interior habían fundado reinos.

Existían algunas ‘repúblicas de comerciantes’, muy rudimentarias, en particular Meca (Makka), donde estaba establecida la tribu de Quráish. Había caravanas que iban del Yemen a Siria a lo largo de la costa del Mar Rojo que hacían escala en Meca, y de ahí la importancia comercial de la ciudad, que se dotó de una importante feria (el mercado de ‘Ukâz) y además recibía anualmente a peregrinos de toda Arabia que venían a visitar la Ka‘ba, el templo construido por Abraham (Ibrâhîm), el antepasado de los árabes... La Ka‘ba fue albergando con el tiempo los ídolos de las distintas tribus (se difundió entre los árabes la idolatría, el shirk) y quedó olvidado el origen unitario y profético de la Casa de Abraham, pero ese origen sería rescatado por el Islam.

El las fronteras de Arabia, al norte, los bizantinos (con sus aliados etíopes) y los persas sasánidas luchaban desde hacía mucho tiempo por el dominio de las rutas comerciales.

La inmensa mayoría de los árabes eran idólatras (mushrikîn). Había algunos grupos de judíos (sobre todo en Yázrib, la futura Medina) y cristianos. También existían los hanîfes, buscadores del Uno-Único.

En este entorno nació Muhammad (s.a.s.) en el año 570, fundador del Islam, y a cuya biografía (la Sîra) dedicaremos la clase del próximo día, in shâ Allah...


2. SÎRA: Biografía de Muhammad (570-632)



Muhammad (léase Muhámmad) es el nombre del fundador del Islam, más conocido en castellano por Mahoma, deformación medieval de su nombre. La palabra sîra, que significa biografía (y significa también conducta), se emplea sobretodo para el relato de su vida (as-sîra an-nabawía, la biografía del Profeta).

La biografía de Muhammad (cuyo nombre debe ir seguido siempre de la expresión sallà llâhu ‘aláihi wa sállam con la que se le desea bendiciones y paz, y que abreviamos bajo la forma s.a.s.) tiene como fuentes principales el Corán y la Sunna (el hadîz), en los que encontramos una información de primera mano y muy abundante sobre él (s.a.s.). Algunos autores occidentales han querido poner en duda la validez histórica de dichas fuentes con argumentos espúreos, pero la profundización en ellas ha demostrado su autenticidad y ya nadie las cuestiona. Esto hace de Sidnâ Muhammad (s.a.s.) el único fundador de una gran tradición espiritual perfectamente documentado. El carácter resumido que queremos dar a estos apuntes nos impiden extendernos en esta cuestión en concreto, de enorme interés, pero esperamos ofreceros estudios más detallados en otros artículos en las distintas secciones de Zawiya, in shâ Allah. Además, en Publicaciones tenéis el primer volumen de una Sîra escrita por nuestro hermano Yusuf Luay en la que podéis ampliar los datos que aquí simplemente se van a bosquejar. El estudio en profundidad de la Sîra es indispensable para una comprensión rigurosa y seria del Islam.



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Muhammad (s.a.s.) nació en Meca (Makka) el año 570 de la era cristiana. Meca está en el Hiÿâç, región de Arabia que bordea el Mar Rojo. Muhammad (s.a.s.) era un qurashí, es decir, pertenecía a la prestigiosa tribu de Quráish, y dentro de ésta pertenecía al clan de los Banû Hâshim que no era el más poderoso política y económicamente, pero sí tenía influencia moral en la ciudad. Poco antes de que naciera Muhammad (s.a.s.) murió su padre (‘Abd Allah), y a los pocos años murió su madre (Âmina), y poco más tarde su abuelo (‘Abd al-Muttalib). Pasó a la tutela de su tío Abû Tâlib que lo crió junto a sus propios hijos, entre los que se contaba ‘Ali.

De niño se dedicó al pastoreo y participó en algunos viajes comerciales. Más tarde condujo la caravana de una mujer, Jadîÿa, con la que se casó después. Con ella tuvo varios hijos de los que sólo sobrevivió Fâtima, que se casaría con ‘Ali.

A los cuarenta años, Muhammad (s.a.s.) recibe la primera Revelación: al modo de los ascetas del desierto, él acostumbraba a retirarse a una cueva cercana a Meca (la Cueva de Hira, Gâr Hirâ), y ahí se le manifestó Gabriel (Yibrîl), el Ángel Puro, el Espíritu Fiel, que comenzó a trasmitirle el Corán, que es la Palabra de Allah, el Creador de los cielos y de la tierra. A partir de entonces, Muhammad (s.a.s.) es Rasûl (Mensajero) y Nabí (Profeta).

Hacia el año 613 empezó a comunicar el Mensaje (Risâla) que estaba recibiendo, invitando a sus conciudadanos a reconocer la Unidad del Creador (Tawhîd) y rechazar la idolatría (el shirk). Encontró algunos pocos seguidores, la mayoría de una extracción social modesta. Pero su tribu, los Quráish, dependía del culto a los ídolos y no estaba dispuesta a que cambiaran las cosas. De un primer escepticismo despectivo se pasó a la persecución de los musulmanes y Muhammad (s.a.s.) pensó en buscar refugio para su comunidad fuera de Meca. Tras varios intentos encontró la aceptación de algunos habitantes de Yázrib, un oasis al norte de Meca, a unos quinientos kilómetros. Finalmente, Muhammad (s.a.s.) decidió que los musulmanes emigraran a Yazrib (que pasaría a llamarse a partir de entonces Medina, es decir, Madînat an-Nabí, la Ciudad del Profeta).

Esa Emigración (Hégira, Hiÿra) tuvo lugar el año 622, fecha fundamental en el Islam y primer año del calendario musulmán. A partir de entonces todo cambiaría.

Muhammad (s.a.s.) logró pacificar la ciudad. Hasta entonces se enfrentaban en ella las dos tribus más importantes, los Áus y los Jáçraÿ. Ambas tribus aceptaron el Islam y socorrieron a los musulmanes que lo habían dejado todo en Meca (los muhâÿirûn, o emigrantes; a los medineses que los acogieron se les llamó ansâr, auxiliadores). Con los muhâÿirûn y los ansâr, hermanados por el Profeta, se establecieron las bases de la Nación Musulmana (la Umma).

Al año del establecimiento de los musulmanes en Medina comenzaron los enfrentamientos con Meca y se inició una guerra civil (el Yihâd) que duraría diez años, tras los que los musulmanes triunfaron y conquistaron Meca (el Fath, la Apertura o Victoria). Durante esos diez primeros años del Islam en Medina se sucedieron pequeñas batallas (Badr, Úhud) y treguas (Hudzaibía), hubo traiciones (las de los judíos de Medina) y escollos (los que planteaban la existencia de hipócritas), se enviaron embajadas y se establecieron alianzas, todo lo cual demostró la habilidad, firmeza y nobleza del Nabí (s.a.s.), que consiguió difundir el Islam entre muchas tribus y darle una influencia definitiva en Arabia. A su muerte en el 632 gran parte de la península era musulmana.



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Muhammad (s.a.s.) tras su muerte dejó a los musulmanes dos cosas fundamentales: el Corán, es decir, el Libro de Allah, la Revelación, y en segundo lugar la Sunna, es decir, su propio ejemplo de cómo realizar en la vida cotidiana las enseñanzas contenidas en el Corán. La Sunna es el Corán puesto en práctica. Con ambos elementos, los musulmanes tenían lo suficiente para crear una civilización.



***



Es totalmente absurdo intentar comunicar al lector quién fue realmente Muhammad (s.a.s.) en estos apuntes que necesariamente deben ser rápidos. Sólo hemos querido señalar algunos aspectos de su biografía imprescindibles para una visión de conjunto de la historia del Islam, pero realmente ésta seguirá siendo un misterio si no intuimos que el ‘secreto’ de Muhammad (s.a.s.) es el verdadero forjador del Islam, y es un ‘secreto’ que no puede ser resumido porque está más allá de los acontecimientos. Para conocer ese ‘secreto’ hay que proponerse a Muhammad (s.a.s.), es decir, hay que centrar totalmente en él el interés e indagar por la Sîra sin las prisas con las que aquí debemos cerrar la cuestión.


3. LOS PRIMEROS CUATRO CALIFAS (632-660)



Muhammad (s.a.s.) murió en Medina el año 632 de la era cristiana. Había fundado una Umma, una Nación. La columna vertebral de esa Umma era la Revelación (el Wahy). El Corán y su puesta en práctica por el Profeta (práctica a la que se llama Sunna) eran los referentes que permitían dar cohesión a una Nación cuyos miembros no reconocían más Señor que Allah. Por tanto, la sociedad musulmana sólo podía ser el resultado de acuerdos y consensos.

El Profeta (s.a.s.) había establecido la Shurà (la asamblea, la consultación) como principio para el gobierno de toda comunidad musulmana (ÿamâ‘a), que es una comunidad de iguales. Del 632 al 660 se mantuvo vigente el sistema de la Shurà, y los musulmanes elegían en asamblea al califa (jalîfa), el hombre que debía estar a la cabeza del Islam. El califa (también llamado imâm; y de ahí derivan jilâfa -califato- e imâma -imamato-) era ante todo una especie de árbitro, un coordinador y el garante de la unidad de los musulmanes, así como debía ser un hombre de guerra que defendiera a la comunidad contra toda agresión e incluso la expandiese. El realidad, el califa era un continuador del Profeta en tanto que jefe de la comunidad y vivificador del Islam; era como su sucesor moral si bien no tenía capacidad para legislar. El califa o imâm (al que se dio pronto también el título honorífico de amîr al-mûminîn, príncipe de los mûminîn) contaba con la obediencia estricta de los musulmanes mientras no se apartase del Corán, verdadera y única autoridad en el Islam.

El Islam sólo puede tener un único califa, que debe ser unánimemente reconocido. Cuando esto se hizo imposible debido a la enorme expansión del Islam, el califato se fue desvirtuando y se convirtió en un asunto dinástico, sin embargo durante siglos conservó su carácter de símbolo de la unidad política de los musulmanes.

En ese periodo que va del 632 al 660 se siguieron cuatro califas (julafâ, plural de jalîfa, califa; el plural de imâm es aímma), a los cuales se les llama râshidûn (o râshidîn), bien guiados, juiciosos (plural de râshid), porque se atuvieron en todo a la Sharî‘a, a la Ley Revelada. Esos cuatro hombres (Abû Bakr, ‘Omar, ‘Ozmân y ‘Ali) fueron todos Sahâba, es decir, Compañeros del Profeta, y estuvieron a su lado en los momentos más importantes de su vida y fueron muy apreciados por él (s.a.s.).

El gobierno de los cuatro califas bien guiados (al-julafâ ar-râshidûn) es considerado ideal por los musulmanes. Fue la época de un Islam auténtico, expansivo, igualitario, de justicia, que no quiere decir sin problemas ni contradicciones porque el Islam crecía desmesuradamente, por encima de todas las previsiones posibles y tuvo graves crisis de crecimiento que desembocaron en el establecimiento de una dinastía, la de los omeyas, en el 660.





AL-JULAFÂ AR-RÂSHIDÛN

LOS CALIFAS BIEN GUIADOS



En esta lección hablaremos de los dos primeros califas râshidûn (Abû Bakr y ‘Omar). En el 632 Abû Bakr fue elegido califa (jalîfa), es decir, como jefe (imâm) de los musulmanes, a cuya cabeza estuvo hasta su muerte dos años más tarde. En el 634 fue elegido como su sucesor ‘Omar que gobernó a los musulmanes durante diez años (hasta el 644). Abû Bakr y ‘Omar eran dos hombres conocidos por haber estado siempre entre los más cercanos al Profeta, asociados a su acción.

Algunas tribus islamizadas poco antes de la muerte del Profeta no quisieron aceptar la autoridad del califa porque creían que su alianza era un pacto exclusivamente con Muhammad (s.a.s.) a cuya muerte todo habría acabado. En pocos meses Abû Bakr se impuso y asoció esas tribus definitivamente al Islam. Este fue el primer problema que tuvo que resolver, pero el más grave lo constituyó la aparición de falsos profetas (como un tal Musáilima) que deseaban emular a Muhammad (s.a.s.). Tuvieron que ser derrotados militarmente.

Por su parte, ‘Omar fue un magnífico organizador, y en poco tiempo el Islam se extendió fuera de Arabia por una gran parte de Oriente medio, Egipto y Persia.

Es muy difícil explicar de manera satisfactoria la expansión fulminante del Islam durante esos diez años del califato de ‘Omar. La historia oficial nos habla de unas cuantas batallas que en muy poco tiempo dieron la victoria a los musulmanes sobre los todavía poderosos imperios bizantino y sasánida. No sólo se trató de una aplastante victoria militar sino también un desconcertante triunfo espiritual y cultural: el Islam fue aceptado por poblaciones hasta entonces sólidamente cristianas y judías (y mazdeas e incluso budistas) y la lengua árabe alcanzó su apogeo. Lo único cierto es que en un breve periodo de tiempo, por las razones que fuera, el Islam fue estableciéndose en un amplio territorio y sustituyendo, o mejor dicho, acrisolando las civilizaciones anteriores. El Islam fue la recuperación de la vitalidad de muchos pueblos.

El supuesto paseo militar de los árabes esconde lo que realmente debió pasar: un amplio conflicto y una grave crisis espiritual en la zona que se resolvieron con el Islam, elemento unificador. Llegados a este punto aconsejamos la lectura de la obra “La revolución islámica de occidente” de Ignacio Olagüe, un magnífico libro en el que encontraremos una explicación muy distinta sobre los factores que hicieron posible la difusión del Islam. Se trata de un libro imprescindible para otra visión de la historia, mucho más seria y desmitificada.

En resumen, ‘Omar estaba a la cabeza del Islam cuando éste se difundió con una rapidez vertiginosa fuera de Arabia. Había representantes del califa (los wulât o gobernadores, plural de wâli) en todas las grandes ciudades de Oriente Medio, Egipto y parte de Persia. Esos nuevos musulmanes irán apoderándose del protagonismo en la historia del Islam, pero todavía -aunque por poco tiempo- todo se seguía forjando en Arabia...


4. LOS PRIMEROS CUATRO CALIFAS (632-660)




En la lección anterior hemos hablado por encima de los dos primeros califas de los cuatro que sucedieron al Rasûl (el Profeta o Mensajero):

1- Abû Bakr as-Siddîq (que fue califa -jalîfa- durante tan sólo dos años, del 632 al 634) y

2- ‘Omar ibn al-Jattâb (cuyo califato -jilâfa- duró diez años, del 634 al 644).

Con Abû Bakr se restableció la unidad del Islam tras el primer momento de desorientación que siguió a la muerte de Muhammad (s.a.s.). Por su parte, ‘Omar ibn al-Jattâb (también llamado ‘Omar al-Fârûq) aprovechó esa unidad para darle organización y expansión, difundiéndose el Islam por Oriente Medio (el Shâm, que engloba las actuales Palestina, Siria y Jordania), por Irán (Iraq y parte de Persia) y Egipto (donde se fundaría una ciudad, Fustât, cerca de la cual más tarde nacería al-Qâhira, El Cairo).

Con los dos siguientes califas (‘Ozmân y ‘Ali) comenzaría una grave crisis (debida al crecimiento considerable y rápido del Islam) a la que se llamaría Gran Discordia (al-Fitna al-Kubrà) que desembocará en la instauración de un nuevo califato de carácter hereditario (los Omeyas, o Banû Umayya en árabe) en el 660, acabando así el periodo de los cuatro Califas Bien Guiados (al-Julafâ ar-Râshidûn).



3- ‘Ozmân (‘Uzmân ibn ‘Affân, llamado Dzû n-Nuráin) fue elegido como sucesor de ‘Omar en el 644. Su califato (jilâfa) duró hasta el 656. ‘Ozmân había sido uno de los más fieles Compañeros (los Sahâba) del Profeta (s.a.s.) y gozaba de prestigio debido a su gran espiritualidad. Su aportación al Islam fue la de mandar hacer una edición del Corán bajo el formato de un volumen (mús-haf). Hasta entonces el Corán era trasmitido fragmentariamente en trozos de materiales diversos (hojas de palmera, huesos, piedras,...) y sobre todo había sido confiado a la memoria, siendo comunicado directamente a los musulmanes nuevos por los Sahâba, muchos de los cuales se lo sabían íntegramente, como sucede con frecuencia en la actualidad.

La labor de ‘Ozmân consistió en reunir todos esos materiales consultando a los que habían aprendido el Corán con Muhammad (s.a.s.) y obteniendo su aprobación para consensuar una edición que fuera admitida por todos los expertos. El trabajo lo dirigió Çaid (Zaid) ibn Zâbit, uno de los que habían sido ‘secretarios’ personales del Profeta (s.a.s.). El resultado, tras una escrupulosa labor, fue el Mús-haf de ‘Ozmân, el Volumen de ‘Ozmân, que es la edición del Corán que los musulmanes seguimos empleando.

‘Ozmân tuvo muchos oponente políticos y se conservan las numerosa críticas que recibió, pero nadie puso en duda el rigor con el que había trabajado para reunir en un sólo libro el Corán, lo cual es una de las garantías de que todos los que conocían el Corán, y eran muchísimos, estaban de acuerdo en su fidelidad exacta a las enseñanzas de Sidnâ Muhammad.

‘Ozmân tuvo que enfrentarse a graves problemas difíciles de resolver. La expansión y enriquecimiento del Islam despertaba muchas ambiciones. En un intento por controlar la gestión y administración de las provincias lejanas, destituyó a algunos gobernadores (wulât, plural de wâli) y dio cargos a los miembros de su familia (la familia de los Omeyas o Banû Umayya), por lo que fue acusado de nepotismo. Por ejemplo, colocó a la cabeza de Siria a un miembro de su clan, Mu‘âwiya, de quien volveremos a hablar. En Medina se fue creando un ‘partido’ de opositores a ‘Ozmân, entre los que se encontraban ‘Âisha (que había sido esposa de Muhammad -s.a.s.-) y ‘Ali (primo y yerno de Muhammad -s.a.s.-) y fuera de Arabia tenía la oposición de ‘Amr, en Egipto, que había sido destituido por ‘Ozmân. Finalmente, ‘Ozmân fue asesinado en circunstancias oscuras.



4- Como siguiente califa fue elegido ‘Ali, en el 656. Como hemos dicho, ‘Ali era primo y yerno de Sidnâ Muhammad (s.a.s.) y padre de al-Hásan y al-Husáin, nietos del Profeta. Lo que se valoraba en él, además de su vinculación al Rasûl, era sobre todo, su valor y su conocimiento y práctica de la Sunna. ‘Ali tenía fervientes partidarios (shî‘a, partido), pero también grandes enemigos que se valieron del asesinato de ‘Ozmân para proyectar sombras sobre la legitimidad del nuevo califa. Esto provocó un gran desorden (discordia, fitna).

‘Âisha (la antigua esposa del Profeta) junto a otros Sahâba, entre los que destacaban Talha y Çubáir, se sublevaron en Meca (Makka) mientras que los familiares de ‘Ozmân (los omeyas) fueron abanderados por Mu‘âwiya, el ya gobernador (wâli) de Damasco (Dimashq). El califa, para alejarse de sus opositores, trasladó la capital de Medina (Madîna) a Kûfa, en Iraq. Desde ahí combatió a ‘Âisha y su partido, y los derrotó en una famosa batalla (má‘raka), la del ‘Camello’ (al-ÿámal), porque ‘Âisha la dirigió desde su montura sobre uno de esos animales.

La otra revuelta, la de los omeyas, era más grave. Se produjo una batalla, la de Siffîn. Antes de concluir, los omeyas hicieron ondear ejemplares del Corán expresando con ello que la lucha fratricida era un escándalo que había que evitar y proponían que se abriera un juicio para determinar quiénes habían sido los responsables de la muerte de ‘Ozmân. ‘Ali aceptó, apoyado por sus más fervientes partidarios (la shî‘a), pero otros de sus seguidores consideraron que al poner en duda su legitimidad contravenía la decisión de los musulmanes al elegirlo, y ‘salieron’ (jaraÿa) de las filas de ‘Ali, y se les conoce como jâriÿíes. Éstos formarían un grupo que considera que la suprema autoridad en el Islam reside en la Shûrà, la Asamblea de los musulmanes, y que es incuestionable, quedando automáticamente destituido el califa que la contraviniese. ‘Ali la había puesto en duda al avenirse a un juicio. Además, exigían una cualidades morales en el califa a las que no podía faltar de ningún modo, pues su asesinato, en caso de que él mismo no abdicase, quedaría justificado.

Quedaban así perfilados unos grupos que tenían en común su preocupación por la ‘legitimidad’ del califa (al que también se le llamaba Imâm, si bien este nombre es más general y se aplica también al que dirige el Salât en la mezquita y a todo personaje eminente entre los ‘ulamâ, los expertos en Islam): los shi‘íes (los chiitas), partidarios a ultranza de ‘Ali y de su familia, considerando que sólo sería legítimo un califa que perteneciese a los Ahl al-Báit (la Gente de la Casa de Muhammad), los jâriÿíes (aparentemente más demócratas, pero de un radicalismo que hacía inviable sus propuestas), los murÿíes (o contemporizadores, que aceptaron a los omeyas para que no se vertiera sangre) y la mayoría de los musulmanes, ajenos a estas disputas, y que seguían viviendo al margen de cuestiones que en la práctica les afectaban poco (serían llamados sunníes, es decir, los apegados a la Sunna o Tradición del Profeta).

Todos estos asuntos tienen relevancia para los historiadores, pero de hecho el Islam se difundía de maestro a discípulo por una amplia geografía en la que la cuestión del califato era más simbólica que otra cosa. Lamentablemente, no se puede hacer una historia del Islam real, sino sólo de las dinastías y los partidos, que contaban con historiadores. Lo que no debemos hacer es considerar que estos datos que estudiamos representan realidades sociales, muy poco conocidas.

Mientras se organizaba el juicio, ‘Ali tuvo que luchar contra los jâriÿíes, y los derrotó en Nahrawân. Estas luchas entre hermanos no contribuían a su prestigio. Antes de que acabara el juicio, el califa fue asesinado en el 660 por un jâriÿi. Su muerte aseguró el triunfo de la familia Omeya, que proclamó a Mu‘âwiya como califa en Siria.

En el 660 acabó el periodo de los cuatro primeros califas, conocidos como los ‘Bien Guiados’ (Râshidûn, que algunos traducen por ‘ortodoxos’, siendo ésta una pésima traducción).

A partir de ese año comenzaría una nueva época, la omeya, con capital en Damasco, empezando Arabia a quedar relegada en la historia del Islam. A pesar de los conflictos, para los musulmanes el gobierno de los cuatro primeros califas constituye la edad dorada del Islam más auténtico. Los avatares ‘políticos’ no fueron lo importante. Lo cierto es que durante esos años el Islam estaba absolutamente presente, siendo expansivo y fecundo, gobernando las conciencias (recomendamos que se lea el artículo al-Gazzâli y la ideología política en el Islam, que podéis encontrar en la sección dedicada a CULTURA ISLÁMICA). Por eso, no se acusa a nadie ni se buscan buenos y malos. Para los sunníes, todos los protagonistas de esos acontecimientos eran musulmanes verdaderos (e, incluso, ejemplares) que actuaban movidos por sus conciencias.

Efectivamente, fue un periodo en que la difusión del Islam implicó una desproporción entre la forma de vivir de los árabes y las nuevas realidades y una crisis de crecimiento se hizo ineludible. Una vez recuperado el pulso, la dinastía omeya -a pesar de sus defectos- logró que el Islam supiera hacer frente a los nuevos retos y una segunda etapa de expansión se inició con ellos, extendiéndose el Islam, rápidamente, por todo el Norte de África y al-Ándalus por el oeste y hasta China por el este...


5. EL PERÍODO OMEYA (660-750)



Primera parte



Durante el período que corresponde al gobierno de la dinastía omeya (los Amawiyyîn o Banû Umayya) es cuando el Islam clásico empieza a tomar cuerpo. Superada la crisis de crecimiento que desembocó en la Fitna o Gran Discordia, el mundo musulmán estaba preparado para asentar sus propias bases. El resultado será temporal, y una nueva crisis acabará con esta etapa desembocando en el esplendor ‘abbâsi a partir del 750.

Mu‘âwiya, convertido en califa en medio de la confusión, hizo de la sede de su poder, Damasco (Dimashq), la capital del Islam. Su dinastía, la de los omeyas, rescataría esa ciudad de su decadencia y la convertiría en la urbe más importante del mundo. Rodeado de los miembros de su tribu, Mu‘âwiya se sentía seguro en Siria (llamada entonces Shâm). Ello significó la progresiva pérdida de importancia de Arabia (ÿaçîrat al-‘árab, la península de los árabes) en la historia del Islam. Meca (Makka) y Medina (al-Madîna), que acogían la Peregrinación, que iba adquiriendo a pasos agigantados una escala mundial, seguían siendo el centro verdadero del Islam, pero su papel en los grandes acontecimientos será muy secundario.

El encuentro con otras culturas y el carácter esponjoso de los árabes fomentó la cristalización de una civilización universalista. Todos, árabes (‘árab) y no-árabes (‘áÿam) participaron en la consolidación del Islam. Al principio, en Oriente, tendrá importancia el aporte bizantino (un poco más tarde empezarán a tener importancia los persas, y después de ellos llegará la hora a los turcos).

Durante el período omeya (660-750) el Islam alcanzará su máxima expansión. Sin lugar a dudas, después de esos años el Islam siguió creciendo, pero lo que es el Islam clásico se forjará durante esos años. En poco tiempo, el Islam se fue instalando en Oriente Medio, en Irán y Asia Central, y por todo el Norte de África y al-Ándalus.



Las conquistas (al-futûh): Desde sus comienzos, el Islam fue ‘abriendo’ lugares, ‘conquistando’ tribus y regiones, ‘iluminado’ a pueblos. Estas ideas están contenidas en la raíz del verbo fátaha-yaftah (abrir, conquistar, iluminar). Cada victoria (nasr) iba acompañada de una conquista (fath). El Islam estaba en ‘movimiento’ (ÿihâd), era dinámico, joven y expansivo. Por ahora sólo conocemos, envuelto en leyendas, el aspecto guerrero de esa difusión sorprendente del Islam.

El Islam aparece en una época oscura en la que abundaban las persecuciones y las guerras civiles. Los musulmanes (primero árabes, y poco después persas, kurdos, turcos, bereberes,...) reunificaron el mundo, reabrieron rutas comerciales y forjaron una civilización universalista. Todo ello en medio de conflictos, tensiones y replanteamientos. En un mundo en efervescencia, el Islam dio cohesión a pueblos y naciones que se identificaron dentro del marco civilizador islámico.

Pero el papel más importante lo jugaron, sin duda, los ‘ulamâ, los sabios, y los sâlihîn, la gente recta. Ellos fueron los verdaderos agentes, anónimos en la mayoría de los casos, que proporcionaron una espiritualidad aglutinante.

Ejemplo de todo ello es lo que sucedió en la época del Profeta (s.a.s.). Su vida fue el modelo (sîra) para el desarrollo del Islam. Sus métodos fueron repetidos infinidad de veces, y ya fuera de la península de los árabes se fue propagando con una celeridad impresionante. En pocos años, gran parte del mundo conocido entonces estaba en proceso de islamización (y en algunos casos también de arabización, pues la lengua árabe se va convertir pronto en una importante lengua de cultura). El carácter no exclusivista del Islam permitió que se alojaran en él, sin problemas ni renuncias, gran cantidad de pueblos: algunos mantuvieron sus costumbres y tradiciones sin hacerse musulmanes y otros las introdujeron en el Islam al hacerse musulmanes.

En pocos años, desde el Profeta (s.a.s.) hasta el final de la dinastía omeya, se define el marco geográfico fundamental en el que se va a desarrollar la civilización islámica. Ya con los primeros cuatro califas el Islam sale fuera de la península de los árabes y se propaga por Oriente Medio (Shâm), Irak (al-‘Irâq) y Egipto (Misr), y con los omeyas alcanza China por el este y al-Ándalus por el oeste. Por el norte se expande hacia Irán y Asia Central. Es inútil hacer la historia de esos procesos porque los pocos datos que hay sólo hablan de una expansión fulgurante que casi no encontró escollos ante su avance (se habla de un ‘paseo militar’ más que de guerras). Sólo se nos dice, y es significativo, que el Islam fue acogido favorablemente por los distintos pueblos, que se integraron en él, participaron en su expansión y aportaron sus experiencias.

El progreso hacia el norte (Bizancio) se hace dificultoso. Es el frente que más interesa a los sirios pero las condiciones geográficas de Asia Menor (la actual Turquía) sólo permiten expediciones y no asentamientos. Por ahí, el Islam sólo avanzó en época de los omeyas hasta el río Taurus y a ciertas comarcas de Armenia. Se organizó incluso una ofensiva combinada, por mar y tierra, contra Contastinopla, pero fue en vano. Parecía que ‘Roma’, transferida a Constantinopla, era eterna (los musulmanes llamaron rûm a los bizantinos). Recientes trabajos han señalado cómo en los largos periodos de tregua los omeyas, herederos de Bizancio en Siria, colaboraron con aquella en infinidad de planos.

Hacia el este la progresión del Islam había continuado desde sus comienzos. Irán se integró al completo en la nueva civilización y había muchas autonomías (kurdos, dailamitas, baluches). Más allá, los musulmanes penetraron hasta el Indus. Al nordeste se avanzó por las rutas comerciales y el Jurasân, clave entre oriente y occidente, fue foco de irradiación del Islam hacia toda Asia Central y China.

Hacia Occidente y desde Egipto, el Islam se propagó por el norte de África. En Túnez se fundó Qairawân, gran foco de cultura y difusión del Islam entre los bereberes, y desde donde partieron incursiones que alcanzaron el Atlántico. El 711 es señalado tradicionalmente como el año en que los bereberes, apoyando a los arrianos contra los católicos, comenzaron a extender el Islam por al-Ándalus, llegando hasta el sur de Francia.


6. EL PERÍODO OMEYA (660-750)



Segunda parte





La crisis de 680-692



Los Futûh (la penetración del Islam en países nuevos, las ‘conquistas’) se debieron a un movimiento de expansión y difusión en coincidencia con muchos factores. Las crónicas nos cuentan el avance triunfal de los ejércitos musulmanes, sin encontrar apenas resistencia, por una inmensa geografía que coincide con las regiones del mundo en las que con más raigambre está implantado el Islam (Oriente Medio, Asia Central y África del Norte). Durante el primer periodo del gobierno de los califas omeyas (al-julafâ al-amawiyîn), esa expansión fue fulgurante, como hemos visto en la lección anterior. Sería interesante estudiar los factores que hicieron posible esa extraordinaria propagación y valorar si realmente la ‘historia militar’ que nos cuentan fue real o decisiva. En estos apuntes apresurados no tenemos espacio para ello.

En cualquier caso, en Damasco (Dimashq) se vivían problemas urgentes. La aceptación de Mu‘âwiya como califa (jalîfa) no era, ni mucho menos universal. Los jâriÿîes (jawâriÿ) lo consideraban usurpador y los shi‘íes (shî‘a) lo consideraban ilegítimo. Para los primeros, sólo puede ser califa alguien irreprochable y elegido por la asamblea de los musulmanes, y para los segundos, sólo puede ser califa algún miembro de los Ahl al-Báit, la Casa del Profeta. Entre los árabes no existía tradición monárquica, pero Mu‘âwiya introdujo las formas de administración bizantina, y eligió como sucesor a su hijo Yaçîd.

Si los primeros años de la dinastía omeya (ad-dáula al-amawía) fueron relativamente tranquilos, pronto se desataron los problemas. En Kûfa (Iraq) se habían refugiado Hásan y Husáin, los dos hijos de ‘Ali, el último califa legítimo, y entorno a ellos fue tomando cuerpo el partido shi‘i (los chiitas). Muerto Hásan, Husáin, al mando de un pequeño ejército, fue derrotado y asesinado en Karbalâ (año 680). Éste fue el verdadero punto de arranque de la resistencia shi‘i.

Pero de momento parecía más grave la revuelta en Meca de ‘Abdullâh, hijo de aç-Çubáir, que ya se había sublevado contra ‘Ali. Fue atacado por Yaçîd, lo que lo desacreditó por irrumpir violentamente Meca. Para complicar las cosas, Yaçîd muere en el 683 dejando como heredero a un niño en medio de conflictos entre clanes árabes (los qaisíes y los kalbíes). Se decidió entonces llamar a Marwân, el gobernador de Medina, perteneciente a otra rama de la familia omeya y hombre capaz de reinstaurar el equilibrio. Empieza así una nueva época gobernada por los omeyas marwâníes. Marwân fue proclamado califa en Damasco el año 684 pero murió al siguiente sucediéndole sin dificultad su hijo ‘Abd al-Mâlik, el mejor de los administradores que tuvo la familia.

‘Abd al-Mâlik tuvo que hacer frente a los muchos problemas que heredaba. ‘Abdullah ibn aç-Çubáir había reforzado sus posiciones. El clan de los qaisíes, diezmados en tiempo de Marwân en la batalla de Marÿ Rahit, fueron a partir de aquel momento enemigos sin piedad de la dinastía (dáula). En Kûfa, los shi‘íes de nuevo comenzaban a agitarse. En Arabia y otros lugares, los jâriÿíes (jawâriÿ) estaban ya preparados para luchar contra los ‘usurpadores’. Pero estos enemigos de los omeyas también lo eran entre sí, y ‘Abd al-Màlik supo sacar las ventajas que se derivaba de ello.

Algunos jâriÿìes, en torno a un tal al-Áçraq, se refugiaron constituyendo un reino en la Arabia meridional y también se propagaron por el sur de Iraq, pero fueron derrotados por ‘Abdullah ibn aç-Çubáir. Los jâriÿìes estaban debilitados por su propia intransigencia, que apartaba de ellos a mucha gente y les hacía cambiar constantemente de jefe y dividirse entre ellos.

En Kûfa se alzó un shi‘í cuya historia es oscura. Se trata de Mujtâr, un antiguo servidor de ‘Ali. En la entonces capital del chiísmo, afirmó que ya bastgaba de movimientos tímidos y que había que pasar a la acción vengando la muerte de Husáin y restaurando la legitimidad (que para los chiítas consiste en que el califa pertenezca a la Casa del Profeta, los Ahl al-Báit). Reclutó numerosos partidarios entre los mawâlî, los no-árabes. Pero hacía falta un pretendiente legítimo y se pensó en Muhammad ibn al-Hanafía, otro hijo de ‘Ali pero no de Fâtima, la hija del Profeta, sino de otra mujer con la que el califa se casó tras la muerte de Fâtima. La literatura shi‘í posterior no reconocerá la legitimidad de Muhammad ibn al-Hanafía, sino sólo la de los nietos del Profeta por la línea de Hásan y Husáin. En realidad, no se sabe a ciencia cierta si Muhammad ibn al-Hanafía aceptó las pretensiones de Mujtâr. Aplastado Mujtâr por los omeyas, Muhammad terminó su existencia apaciblemente en Arabia, por lo que se piensa que no tomó parte en las luchas que se llevaron a cabo en su nombre. Sea lo que fuere, la sublevación de Mujtâr, que le hizo dueño de Kùfa y de parte de Mesopotamia, duró del 685 al 687. También en este caso, fueron los çubairíes los encargados, sin quererlo, de eliminar este problema.

En el 692, ‘Abd al-Mâlik consiguió reducir a los çubairíes. El califato ya no tenía rival y se restableció la unidad global del mundo musulmán. A partir de esa fecha va a ser posible entregarse a las tareas de la adaptación administrativa.

 



 
 



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