Primera Parte
al-hámdu lillāh...
Allāhu ákbar, Allāhu ákbar, Allāhu ákbaru kabīran wal-hámdu lillāhi kazīra... Hoy, los musulmanes del mundo celebran el īd al-Adhą, la Fiesta Grande en la que se conmemora a Sidnā Ibrāhim al-Jalīl -aláihi s-salām-. Hoy es un Día Grande para la Umma. Ayer al atardecer, los huÿÿāÿ -los peregrinos- abandonaron la llanura de Árafat, han recorrido el valle de Miną donde hoy han lapidado a Shaitān para desembocar finalmente, como un torrente desbordado, en Meca para la Gran Circunvalación, el Tawāf al-Ifāda. Después, de nuevo en Minā, se rasuran la cabeza y sacrifican un camello o un cordero en memoria del gesto de Abraham, que instituyó los Manāsik del Haÿÿ, los Ritos de la Peregrinación.
Abraham -Sidnā Ibrāhīm al-Jalīl, aláihi s-salām- ocupa un puesto relevante entre los grandes profetas. Pertenece al número de los Ûlū l-Aēm, los de resolución firme. Su Tradición se perdió con el tiempo, y Sidnā Muhammad (s.a.s.) la recuperó devolviéndonosla pura. Por eso asociamos a ambos en nuestros saludos cuando al final de cada Salāt, sentados, pronunciamos el as-Salāt al-Ibrāhīmía: allāhumma sálli alą Muhámmadin wa alą āli Muhámmadin kamā sallāita alą Ibrāhīma wa āla āli Ibrāhīm, wa bārik alą Muhámmadin wa alą āli Muhámmadin kamā bārakta alą Ibrāhīma wa alā āli Ibrāhīm, fī l-ālamīn ínnaka hamīdun maÿīd, ¡Allah! Ilumina a Muhammad y a la gente de Muhammad como iluminaste a Abraham y a la gente de Abraham, y bendice a Muhammad y a la gente de Muhammad como bendijiste a Abraham y a la gente de Abraham; en los mundos, Tú eres el Elogiado, el Glorificado...
Allāhu ákbar, Allāhu ákbar, Allāhu ákbaru kabīran wal-hámdu lillāhi kazīra... Ibrāhīm al-Jalīl abandonó a su gente cuando se sintió insatisfecho con la idolatría que practicaban. Le parecían ignorantes que adoraban piedras y estatuas en lugar de buscar la Verdad. Salió de su pueblo, dejó atrás las tonterías de los suyos y pidió al Uno-Único que lo guiara. Al atardecer vio aparecer en el cielo la primera estrella. Emocionado, pensó que ella debía ser su dios, pues está por encima de todas las cosas y tiene un brillo esplendoroso. Al poco salió la luna y apagó a la estrella. Ibrāhīm al-Jalīl creyó encontrar en la luna algo más poderoso que la estrella y pensó que ella era el dios verdadero. Al amanecer, el sol hizo desvanecerse a la luna y su brillo cubrió todos los horizontes. Ibrāhīm, en el colmo de la alegría, imaginó que hasta entonces había estado ciego y por fin había descubierto al Señor del Universo. Pero al atardecer volvió a repetirse el ciclo y algo estalló en el corazón de Ibrāhīm: intuyó a Allah, el que no tiene ocaso. Lo encontró en la sucesión de las realidades, sosteniendo el devenir, trascendiéndolo todo, estando por encima de todo lo imaginable, penetrando en todas las cosas, gobernando todos los acontecimientos
A partir de entonces, se convirtió en el Jalīl, el Confidente de Allah, el Íntimo. Así nos lo cuenta el Corán, ofreciéndonos una imagen maravillosa y bella del proceso que siguió Abraham. Primero, el materialismo y la grosería de su pueblo lo desengañaron. Su espíritu era elevado y buscó asilo en el culto a las estrellas. Pero también le resultó poco. Y al final desembocó en el Tawhīd, en el conocimiento del Uno-Único.
El Tawhīd es un desafío tremendo y exige una gran capacidad. Al Tawhīd sólo se llega cuando ante el ser humano se desvanecen los dos mundos, el de su realidad inmediata y el de su imaginación. Entonces, habiendo matado a sus dioses, pasa a los espacios infinitos de Allah y ahí fluye con la Verdad que sostiene todas las existencias. Esta fue la experiencia y la enseñanza de Sidnā Ibrāhīm al-Jalīl (aláihi s-salām) que Sidnā Muhammad recuperó para nosotros, y nos las devolvió puras.
Allāhu ákbar, Allāhu ákbar, Allāhu ákbaru kabīran wal-hámdu lillāhi kazīra... Sidnā Ibrāhīm al-Jalīl (aláihi s-salām), junto a su hijo Ismāīl (aláihi s-salām) reconstruyó en el desierto de Arabia, en un lugar inhóspito, la Kaaba, la Casa Antigua, para que sirviera a la humanidad de recordatorio de la Verdad a la que él había llegado. La Kaaba, en Meca, simboliza todos esos procesos. Los antropólogos dicen que, cuando al atardecer los huÿÿāÿ abandonan Árafat para dirigirse hacia el oeste, hacia Meca, repiten con ello un rito con el que los antiguos perseguían al sol poniente. No se si será cierto, pero es interesante. Es como repetir el gesto de Abraham: en Miną los peregrinos lapidan a Shaitān y matan con ello a su ídolo, para después dirigirse a Meca y circunvalar la Casa de Allah Insondable. Desembocan en el Tawhīd, y eso es lo importante. Ahí es donde son plenamente musulmanes, hombres y mujeres rendidos a la Verdad, entregados a su Señor, fluyendo alrededor del Absoluto. Al acabar las siete circunvalaciones, los peregrinos besan o saludan la Piedra Negra, jurando con ello fidelidad al Uno-Único.
Allāhu ákbar, Allāhu ákbar, Allāhu ákbaru kabīran wal-hámdu lillāhi kazīra... Eso es el Islam, escenificado en el esfuerzo titánico de los huÿÿāÿ que se someten a privaciones y fatigas para cumplir con los Manāsik y vivir en toda su intensidad el proceso de Ibrāhīm al-Jalīl (aláihi s-salām). Cada año, el Islam recupera esa enseñanza, la asume, y se sostiene sobre ella. Esa es la grandeza del Haÿÿ, la Peregrinación a la Casa Antigua.
al-hámdu lillāh...
Allāhu ákbar, Allāhu ákbar, Allāhu ákbaru kabīran wal-hámdu lillāhi kazīra... El Tawhīd es reconocer a Allah, es descubrir su Verdad Inmensa. El Tawhīd es rendirse a esa Verdad envolvente, fluir con ella. Y se trata de una gran exigencia en la que no caben las concesiones ni las frivolidades. En sueños, Allah ordenó a Sidnā Ibrāhīm (aláihi s-salām) degollar a su propio hijo, matar lo que más quería. ¿Estaría dispuesto a llevar a cabo ese supremo sacrificio? Allah le mandaba vaciar completamente su corazón, matarlo, para entregárselo a Él Solo, pues Él es lo Único Verdadero. La tristeza embargó a Sidnā Ibrāhīm (aláihi s-salām), pero se apresuró a cumplir la orden que había recibido. Llamó a su hijo y le contó lo que su Señor le había ordenado. Sidnā Ismāīl (aláihi s-salām) se arrojó al suelo y ofreció el cuello a su padre. Cuando Ibrāhīm puso su cuchillo sobre la carne de su hijo, Allah impidió que se cometiera el asesinato, y ordenó a Ibrāhīm sustituir por un cordero a su hijo.
Allah no desea atormentar al hombre. Sin destruirse a sí mismo, el ser humano puede reconciliarse con su Señor. Esa es la segunda gran enseñanza de la historia de Sidnā Ibrāhīm al-Jalīl (aláihi s-salām). Al sacrificar en esta fiesta un cordero, los musulmanes simbolizamos con algo poderoso nuestra absoluta e incondicionada sumisión a Allah, que no nos niega ni nos aniquila, sino que nos relanza cuando somos capaces de asumir su gran reto y afrontar un desafío que saca de nosotros lo mejor.
Allāhu ákbar, Allāhu ákbrar, Allāhu ákbaru kabīran wal-hámdu lillāhi kazīra...
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